
Andrés
Borthagaray Táboas
Punta del Este (Uruguay) |
Casa de cristal
(Jotabé)
Quitamos a las puertas el candado,
y ya nada en nosotros fue nublado.
Nos alumbró sin tregua un mismo día,
y la luz, como un juez, nos perseguía;
ninguna sombra ya me defendía,
y expuesto, lo secreto se moría.
Amar a plena luz y sin cuartel
desnuda lo que fuimos, hueso y piel.
De pura honestidad templo sagrado,
que no guardaba altar ni lejanía;
y, sin un solo pliegue, fue papel.
El hueco
(Jotabé)
Abrí la mano y la encontré vacía,
y nunca tuve más en esta vía.
La copa por su hueco está colmada,
la flauta sin su hueco está callada,
la casa por sus vanos es morada,
todo lo que sirve sale de nada.
Me asomo dentro y soy apenas hoja,
y el viento, sin un dueño, me despoja.
Por dentro todo pasa: travesía;
ardo sin sostener: llama prestada,
y al fin, sin aferrar, la mano afloja.
Verlaine, o la música contra el bronce
(Jotabé hexadecasílabo)
Nació con un violín dentro, su sangre fue siempre inquieta:
buscó sonido y neblina, renegó de la trompeta.
Quiso un hogar con Mathilde, pensó cumplido el destino:
vino a su puerta un muchacho, cual viento, cual torbellino
que le secó, copa a copa, su recto y noble camino;
ciego de celos, un día, tiró contra el adivino.
En Mons pagó dos inviernos, royó su pan de amargura,
roto, de hinojos y en llanto, tocó por fin la ternura.
Salió maldito y bendito, partido por la saeta;
mató la pompa del verso, dejó que sonara el trino;
murió pobre en un camastro, mas, su palabra perdura.
Pólvora
(Jotabea)
¡Delmira! Tu deseo brilló cual roja llama,
detrás de tu sonrisa la sed oculta clama.
Tus versos eran brasas, tu sangre ciega ardía,
rompiste los pudores con voz que no fingía
¡Tu siglo te juzgaba, su miedo te mordía,
y alzaste un cáliz roto que sola se vacía!
Firmaste tu sentencia, te ataste a su condena,
dos tiros en la sombra cerraron ya tu escena.
¡Y aún tu voz ardiente nos abrasa y reclama!
Tu sombra por los versos palpita todavía
¡pero tu propia tierra te llora y te enajena!
Domingo adentro
(Jotabé)
Afuera el aire muerde con su frío,
y adentro me cobija el nido mío.
Aquí, con mi familia el pecho sana,
forjamos los proyectos de mañana,
y el hoy nos sabe a gloria cotidiana,
y el humo del café ya nos hermana.
La ciudad se adormece en su sosiego,
y al lado del amigo brota el juego.
Soñamos el futuro como un río,
mas hoy nos basta el sol de la ventana,
y en casa, sin reloj, custodio el fuego.
Cota
(Jotabé tridecasílabo)
La casa de mi infancia abrió su vieja puerta,
la cocina sigue, como entonces, despierta.
Yo crecí junto al marco; lo prueba el cuchillo,
el piso se hundió de correr por el pasillo,
escondí mi secreto detrás del ladrillo,
hubo gritos duros bajo el foco amarillo.
Me dieron de comer, abrigo en cada helada,
la mano en mi frente cuando ardió la almohada.
Vuelvo sin la llave; la encuentro entreabierta,
y alcanzo, sin trepar, aquel viejo pestillo.
Me mido, de adulto, contra aquella morada.
Nevada
(Jotabé decasílabo)
Sobre lo blanco, mi sombra helada.
Todo lo borra la gran nevada.
Mi mano traza un cauce vacío,
perfila la niebla sin rocío,
esboza un silencio sin hastío,
dibuja el contorno de un gentío.
Ausente, la huella queda presa,
retiene un temblor que nadie expresa.
Y en su blancura, ya resignada,
duerme el secreto de un desvarío:
lo que se calla siempre regresa.
Sin armadura
(Jotabea)
Llevaba la palabra, guardada contra el pecho,
me pudo más el miedo, traición a mi derecho.
El verbo que se traga se pudre en amargura,
callar ante lo injusto jamás será cordura,
la boca que enmudece se llena de basura,
decir lo que se piensa requiere gran bravura.
Quien habla sin rodeos se quita la mordaza,
confronta al poderoso sin miedo a la amenaza.
Prefiero el riesgo claro, diré lo que sospecho;
aunque la lengua tiemble, la voz es mi soltura,
es libre quien se atreve, quien quiebra su coraza.
Cañito
(Jotabé)
En el feto vivía un eslabón
que cruza por arriba del pulmón.
Mamá por los dos siempre respiraba,
porque al pulmón el aire no llegaba.
La sangre por su atajo caminaba
y el caño suplía lo que faltaba.
Y al nacer ya se cierra despacito.
Pero a veces se queda calladito.
Un médico auscultaba el corazón:
le ponía la oreja y lo escuchaba.
Arteriosus le llaman al cañito.
Volvió
(Jotabé)
Lo esperaba detrás del vidrio helado,
pegado al ventanal, ya congelado.
La lluvia sobre el patio repicaba,
el reloj de cocina se atrasaba,
mi madre con un trapo se secaba,
y nadie en la familia lo nombraba.
Llevaba en la garganta un viejo peso.
La espera me crecía, hueso a hueso.
Y por fin un domingo, demacrado,
subió por la escalera, jadeaba,
Padre vino un domingo a darme un beso. |